Luis Ángel Saavedra 

12/10/2016

Walter nos deja una herencia de rebeldía

 

Hay eventos que duelen con un dolor desconocido, dolor con el que no se puede llorar completo, dolor que se hace sombra permanente, que carcome… que mata.

 

Una hija desaparecida mata de a poco y así se fue muriendo Walter, aunque nunca dejó ver su agonía; la llevaba bien escondida en el pecho y solo dejaba que se viera la fuerza para luchar, para investigar, para confrontar; solo dejaba ver la ternura para aconsejar, para animar, para abrazar la memoria de las otras y los otros que también se convirtieron en sombras que quieren seguir viviendo en la memoria colectiva, a pesar que desde el poder quieran que solo sean una estadística con tendencia, irónica, también a desaparecer.

 

Walter llegó a Ecuador a buscar a su hija, a saber qué había pasado con Carolina, desaparecida un 28 de abril del 2012; se movía entre instituciones gubernamentales que, más que apoyo, le dieron más tristeza. Instituciones tan ambiguas, tan ajenas a la gente, tan perezosas; instituciones que habían dejado que las desapariciones se acumulen en los rincones de los archivos y duerman sin molestar las investigaciones de cosas más urgentes, como los robos de documentos o de accesorios de autos.

 

Su terquedad para reclamar lo convirtió en una lucecita que se abría paso en la tormenta, que no solamente fue terca para sostenerse en la borrasca, sino que se agrandó y encendió otras muchas velas para alumbrar una nueva esperanza en otras casas, en otras familias, en esos vacíos que provocan las personas desaparecidas. Esa fue la misión de Walter: juntar las luces y transformar los dolores.

 

Así nació la Asociación de Familiares y Amigos de Personas Desaparecidas en el Ecuador (Asfadec), así como si nada, juntando una mano a la otra, consolando una lágrima a la otra, contando una historia a la otra; pero enfrentando a los cuervos expertos en maquillar la realidad y fragmentar la historia. Nació Asfadec y removió la comodidad de los anquilosados del poder que no dudaron en cuestionar la nacionalidad de su mentor; se quiso hacer de lo colombiano un estigma, y se quiso hacer de Walter, colombiano, un ser sin derechos para protestar en este país de mentiras.

 

Asfadec debió enfrentar no solo al poder gubernamental, sino también a quienes se supone debían aliarse con sus luchas, con su dolor, y no hacer uso del mismo lenguaje xenofóbico para intentar dividir a esta naciente organización. La Defensoría del Pueblo intentó borrarla del mapa, ofreció abogados a quienes se habían unido a la Asociación para que puedan gestionar su desafiliación. Nos van a faltar días para arrepentirnos de haber apoyado a quienes en lugar de defender al pueblo, como era su deber, optaron por apoyar a un gobierno represor. La dividieron en tres. No sabemos qué pasó o qué hacen las otras dos porque la lucha por la verdad siguió cabalgando en Asfadec y Walter siguió generando opinión pública a pesar de las ofertas clientelares para comprar su silencio.

 

Con Asfadec los nombres desaparecidos se siguieron sumando, volvieron al presente, se sentaron en las puertas de Carondelet para hacer sonar los pitos que incomodaban al presidente; con Asfadec no hubo almuerzo en paz como los sumisos querían que se haga; con Asfadec las voces ausentes pifiaron, zapatearon, se desnudaron para molestar a los enquistados, a los sordos de conveniencia, a los que traicionaron la misma lucha que protagonizaron en años pasados. “El poder no los cambia, solo devela lo que realmente son”, sentenció Mujica para definir a esa jauría que se disputa a dentelladas las migajas que les sueltan sus amos.

 

Pero ahora Walter ha muerto, ha sucumbido esa hormiga que se movía de agujero en agujero pidiendo cuentas a los ratones de escritorio, una labor que incluso los cuestionados debieron reconocerla, como lo hizo la nota de condolencias enviada por la Fiscalía General del Estado, una nota inoportuna, diplomática, forzada quizá, pero que reconoce el valor de Walter. La respuesta de su familia fue firme. ¿Dónde está mi hija?  

 

 

La muerte, en última instancia, da significancia a la vida; con ella se valora lo que fue esencia en la persona y esa esencia de Walter es lo que nos queda como la herencia a no traicionar. Seguiremos porque “solos los perderemos, unidos los encontraremos”.