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Con profunda pena

Por Super User
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Fernando Vega Cuesta

30/03/2010

Con profunda pena


 

01-Marzo-2010

Para mi es hora de despertar y hacer balance de los sueños que nos condujeron a ser parte de la Revolución Ciudadana. Hace tres años las grandes mayorías del pueblo ecuatoriano celebraron con alborozo la llegada de una nueva oportunidad, tras el fracaso y el engaño del coronel Lucio Gutiérrez, para hacer realidad los sueños por los que muchos ecuatorianos habíamos luchado durante décadas: construir un Nuevo Ecuador.

 

En estas condiciones, recogiendo las luchas de tantos años y de tantos sectores de la sociedad, los ecuatorianos y ecuatorianas pusimos en manos de Rafael Correa una preciosa semilla que era de todos y todas para que fructificara en el terreno de PAIS en bien de la colectividad. Muchos pusimos manos a la obra y conscientes de la importancia del momento, como en mi caso, pusimos en juego nuestras vidas. Ahora sabemos que todos somos prescindibles, desechables y reciclables; que la lealtad solo puede ser unidireccional, hacia la majestad del poder y que todo aquel que disiente entra en la lista de los “canallas”.

 

Nadie puede negar las cosas que se han logrado en los tres años transcurridos, no podemos caer en la ceguera culpable y anti patria de la derecha. Como muestra de los avances podríamos mencionar: la Nueva Constitución, la recuperación del Estado, un proyecto de vida en común que debería orientar nuestras vidas, la planificación y la inversión social, la construcción de una posición internacional sobre base de dignidad y soberanía, la lucha contra los poderes fácticos expresados muchas veces en manifestaciones de alguna prensa corrupta, etc.

 

Sin embargo, desde los inicios había signos preocupantes en el carácter y la forma de gobernar del presidente Correa, la inconsistencia ideológica de algunos de sus más íntimos colaboradores y la debilidad orgánica de PAIS como movimiento capaz de sustentar y defender democráticamente las transformaciones que exigían un cambio rápido y profundo. El “paso al costado” de Alberto Acosta  en la Asamblea Constituyente y la calificación de “infiltrados” a quienes disentíamos de ciertas tesis del presidente y su inefable buró, indicaban que el cambio no iba a ser todo lo democrático que esperábamos. El presidente hablaba incluso de un “exceso de democracia” en pleno debate constituyente.

 

El agridulce derrotero de la Revolución Ciudadana liderada por el presidente con sus exabruptos, no solo frente a la oposición ciega que solo quiere volver al pasado caótico del que medraba, sino frente a los movimientos sociales que fueron parte importante de la construcción ideológica y política de éste gobierno, se ha ido cargando cada vez más de la acidez amarga de la frustración y el desengaño. La ambigua y hasta autoritaria relación del Presidente con el mundo indígena y campesino con motivo de la aprobación de la Ley de Minería, la ley de soberanía alimentaria y la Ley del Agua, para citar apenas unos casos, terminaron por poner de manifiesto la opción del gobierno por un modelo de desarrollo reñido con los principios del Buen Vivir.

 

Este gobierno se ratifica en la senda de una economía primario exportadora, que pisotea la naturaleza y la vida humana misma,  por la que ha transitado el Ecuador desde los orígenes de la República. La gota que colmó el vaso se dio con ocasión de las desacertadas declaraciones y reacciones del presidente Correa con relació
n a la Iniciativa Yasuni-ITT que provocó la renuncia de Fander Falconí. Aquel día hubo duelo en el corazón de muchos ecuatorianos y ecuatorianas que todavía colaboran con el gobierno y creen que la Revolución Ciudadana todavía podría sobrevivir.

 

Las últimas declaraciones de Wilson Pastor uno de los voceros responsables de la explotación del petróleo en la Amazonía, declaraciones que no han sido desmentidas, en el sentido que se ampliará la actividad hidrocarburífera en el Yasuni, amenazando el mismo ITT, dejan al descubierto que los discursos de seguir adelante con el proyecto de “dejar el petróleo en tierra” no pasan de ser una cortina de humo y un vergonzoso sainete; ahora sabemos que el “plan B” siempre ha estado vigente –en realidad es el “plan A”- y tiene plena lógica con la construcción de la refinería de crudos pesados en Manabí ¡menos mal que ya no será en el corazón del bosque de Pacoche!

 

Sería lamentable que el presidente Correa tuviera que pasar a la historia como uno de los responsables de la extinción de la biodiversidad del Yasuní y del genocidio de los pueblos no contactados, en aras de un modelo de acumulación que no conduce al Buen Vivir, pero que se justifica con argumentos de redistribución y justicia social. Esta decisión y las prácticas cada vez más autoritarias y mesiánicas inclinan el platillo de la balanza de forma negativa frente a los logros alcanzados.

 

Coincido plenamente con las apreciaciones de Acosta y Falconí en el sentido de que estas decisiones terminan definitivamente por desvirtuar y desnaturalizar el proceso de la Revolución Ciudadana porque traicionan las bases fundamentales sobre las que se construyó la propuesta de cambio, los principios constitucionales como son los derechos de la Naturaleza y de los derechos humanos internacionalmente reconocidos.

 

Desgraciadamente no nos equivocaremos al temer que el blindaje del poder al ego presidencial y el aplauso de sus cercanos impedirán que cualquier razonamiento llegue al corazón del gobierno. Oiremos la retafila sabatina de argumentos manidos y estereotipados de las “agendas propias”, de los “ecologistas infantiles”, de “los mismos de siempre”, de “que no resisten el menor análisis”, que “no representan a nadie” y otra por el estilo, que ponen, sin matices, a todos en el mismo saco.

 

Bastaron unos pocos meses para desenmascarar la inconsistencia ideológica de la “rectificadora  gutierrista”. Ha hecho falta un poco más de tiempo para descubrir que la “trituradora correista” tiene un volante que inclina cada vez más el rumbo de desarrollo hacia la derecha de un modelo esencialmente neoliberal y extractivista y que pasará por encima a todo aquel que se le oponga, incluso cuando estén de por medio los derechos humanos.

 

El presidente es incoherente aún con las mismas raíces de su formación cristiana que postula la dignidad inalienable de la persona humana, cuando descalifica, en base de las encuestas, la razón y la justicia de las minorías, escudado en los pecados reales o supuestos de sus dirigentes. Solo al presidente debemos aceptarle benévolamente sus errores en contraparte de sus reales virtudes: “Yo soy así”, es su justificación.

 

Llegados a este punto, para algunos como en mi caso continuar colaborando con el régimen resulta ya un caso de conciencia que demanda un gran esfuerzo de discernimiento y la toma de decisiones nada fáciles y dolorosas. Cierto que en muchos campos se siguen haciendo cosas interesantes e impulsando cambios importantes. Pero cuando están en juego los principios de  la Ética y los Derechos Humanos, la calidad integral del proyecto sufre tal desmedro  que ya no puede ser calificado como bueno y por mucha voluntad que haya para comulgar con las exigencias del ejercicio pragmático del poder: el fin no justifica los medios. En suma se hace inevitable la pregunta si debemos ser cómplices de una ética del poder por el poder.

 

Hasta hace poco creía que los derroteros escogidos por el señor presidente ponían en peligro los logros y el futuro de la Revolución Ciudadana, ahora, y con mucho pesar, he de admitir que ya no tenemos Revolución Ciudadana, por lo menos aquella de la que un día soñamos formar parte. Si el proceso de construcción de un Ecuador que lo soñamos libre, equitativo y justo no es democrático, nuestro país nuca será democrático. Esto implica una ética de compromiso y respeto; una revolución ética como la planteamos a inicios de la revolución Ciudadana. En fin, sin Revolución Ética no hay revol
ución posible.

 

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