Inicio Análisis y Coyuntura La represión como mandato. Masculinidades militarizadas entre la hegemonía y la subordinación

La represión como mandato. Masculinidades militarizadas entre la hegemonía y la subordinación

Por Voluntarix
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Por Byron Tulcanaza *

Octubre de 2025 consolidó un nuevo hito de resistencia. El Paro Nacional, convocado por organizaciones indígenas, sociales y campesinas, fue la respuesta ante las políticas neoliberales implantadas desde el gobierno de Daniel Noboa que agudizaron la precarización de la vida para los sectores más empobrecidos. Las acciones posteriores tomadas desde el ejecutivo se enmarcaron en la represión de la protesta social por parte de las fuerzas armadas. El saldo de la violencia estatal fueron 473 personas heridas, 206 detenidas y 4 fallecidas evidenciando el uso desproporcionado de la fuerza ejercida través de policías y militares, lo que a su vez reafirma el lugar de estos cuerpos como dispositivos de control antes que como garantes de derechos. 

Todo esto surge en medio de un contexto donde la militarización y los estados de excepción en el país se volvieron el pan de cada día. Las FF.AA. vieron su poder reforzado frente a una población progresivamente amedrentada. Las primeras humillaciones protagonizadas desde la homofobia más profunda situaban el carácter sexuado del actuar de policías y militares: la desnudez, los golpes y la imposición de la fuerza convirtieron a la virilidad militar en un símbolo del poderAsí también, los casos de tortura y desapariciones han ido en aumento a medida que el gobierno pretende implantar la narrativa de una guerra interna para normalizar la impunidad de estos crímenes.  

Ante este escenario emerge la pregunta, ¿cómo se avala la violencia desde el interior de las fuerzas armadas? Lejos de ser un fenómeno aislado, el abuso de poder se articula como una práctica profundamente generalizada, donde la demostración de la potencia física y bélica se ejerce sobre los cuerpos de las víctimas en cumplimiento de los mandatos de la masculinidad hegemónica. En la masculinidad militarizada, la violencia no solo se autoriza, sino que se exige como prueba de valía“El estatus masculino depende de la capacidad de exhibir esa potencia, donde masculinidad y potencia son sinónimos” 

La masculinidad militarizada 

Durante la represión, las balas brotan de armas manejadas por cuerpos adiestrados para la guerra. Esos cuerpos, casi siempre masculinizados, aprenden a sentir el anhelo del desdén, pierden la voluntad, se enciman en otrxs vulnerables a quienes no reconocen como iguales. Posicionan el poder a través de la fuerza, pero no el suyo propio, el poder del Estado. Su cuerpo en uniforme se convierte en mercancía e instrumento para mantener el orden requerido por los sectores más acomodados. Moldeados física y afectivamente para defender intereses ajenos, experimentan una de las formas más abruptas de la pedagogía de la crueldad: olvidan el dolor del otrx, que al final de cuentas es el suyo propio.  

Al igual que sus víctimas, muchos de estos cuerpos nacieron en entornos marcados por la violencia y el empobrecimiento, donde el ingreso a las fuerzas armadas aparece como una de las escasas vías de movilidad social posibleAntes de volverse práctica, la militarización se instala como ideal: una promesa de ascenso y reconocimiento que se sostiene en la obediencia ciega, donde la masculinidad heroica y bélica es principio rector. A través de estos cuerpos, el Estado traza la frontera entre subordinación y hegemonía, convirtiendo a la tropa en el capital corporal de su monopolio de la violencia. En contextos de precarización, la masculinidad militarizada deviene anhelo y la violencia se estandariza como forma legítima de acción, reforzando una jerarquía que venera la fuerza y naturaliza la dominación. 

La masculinidad hegemónica 

La masculinidad hegemónica no es una aspiración fija, sino una configuración histórica y relacional que llega a adaptarse a contextos institucionales específicos. En el caso de las fuerzas militares y policiales se produce una construcción particular, sostenida en la creencia matriz de la obediencia a la jerarquía y en la exaltación de una belicosidad heroicaA la interna de las instituciones, esta lógica convierte a la violencia en un medio legítimo y deseable para la resolución de conflictos, a la vez que construye al otrx como sujeto desconfiable, potencial adversario o humillador, peligroso, a doblegar, enemigo o competidor. Desde esta gramática bélica, la relación con la alteridad se funda en la desconfianza y en la necesidad permanente de imponer dominación a través del ejercicio de la fuerza. 

Las humillaciones homofóbicas hacia cuerpos masculinizados inscritas en este territorio adquieren así su carácter profundamente sexuado, orientado a vulnerar la virilidad del otro como estrategia para reafirmar y superponer la masculinidad propia. La violencia aquí opera como un lenguaje pedagógico que ordena jerarquías, distribuye posiciones de poder y produce sujetos obedientes. La obediencia a la cadena de mando no solo avala la subordinación interna, sino que legitima el abuso de poder, las instituciones encarnan una figura masculinizada cuya violencia autorizada les permite situarse por encima del resto de la población, consolidando un orden social jerárquico sostenido en la amenaza y el castigo. 

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Byron Tulcanaza

Licenciado en Psicología por la Universidad Politécnica Salesiana. Magíster en Ciencias sociales con mención en Género y Desarrollo por FLACSO Ecuador. Se enfoca en temas de investigación relacionados a Masculinidades, Género y estudios de la Música. Actualmente es voluntario en la Fundación Regional de Asesoría en Derechos Humanos INREDH.

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