Inicio Análisis y Coyuntura Violencias contra la mujer: Un muro que todas las personas debemos derrumbar 

Violencias contra la mujer: Un muro que todas las personas debemos derrumbar 

Por Yuli Gaona
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*Erika Carrión

La lucha por erradicar la violencia contra las mujeres es una tarea que han emprendido miles mujeres, colectivos feministas, organizaciones y movimientos sociales en todo el mundo. Es así que hoy, 25 de noviembre, salen a las calles por todas las que ya no están y para recordarle a los gobiernos de turno que las cifras de muertes violentas por razones de género siguen en aumento.  

En este sentido es importante dar a conocer que por violencia contra la mujer se entiende a todo maltrato que se ejerza tomando como base al género, causando así daños de diferente índole, por el mero hecho de ser mujer. Así en la actualidad la violencia propiciada contra mujeres, niñas y adolescentes se presenta como una de las violaciones de derechos humanos más extendida y normalizada a nivel mundial. 

Esta violencia en particular se caracteriza por la capacidad que posee de ser ejercida de variadas y múltiples maneras. Dentro de estas prácticas encontramos una serie de hechos catalogados como tipos de violencias, diferenciando así entre daños de carácter físico, psicológico o sexual, siendo estos los que ocurren con mayor frecuencia, pero sin dejar de lado otros tipos de violencia como son la gineco-obstétrica o la económica, las cuales pueden contar con menor grado de reconocimiento pero que no dejan de existir. 

Con base en esta categorización podemos pensar entonces sobre diferentes hechos que en el presente se continúan practicando alrededor del mundo, y que incurren como graves violaciones de derechos de las mujeres, ejemplo de estas son el matrimonio infantil, la mutilación genital femenina o la explotación sexual. Acciones que al pensar sobre ellas nos resultan brutales y lejanas a nuestra realidad, algo que no llega a ser necesariamente cierto, pues como se explica más adelante las relaciones sobre las que se constituyen estas violencias están presentes en la mayoría de las sociedades actuales.  

Por otro lado, existen también acciones que se presentan con mayor sutileza, pero que no por ello carecen de importancia, algunas de estas pueden ser el uso y manejo de lenguaje sexista, el abuso de poder, el acoso callejero o la subestimación constante por parte de una sociedad completa. Prácticas que resultan comunes y que, si bien pueden llegar a pasar desapercibidas debido a su normalización, no significa por ello que tengan menos peso o incidencia al momento de influir en la construcción de una sociedad y cultura machista. 

Así, aunque se traten de diferentes expresiones, donde unas se muestran de manera más explícita y evidente que otras, estas guardan una raíz común y es el hecho de que en su conjunto dan cuenta de que el escenario sobre el que las mujeres nos desenvolvemos en el mundo está marcado por un machismo preponderante, compuesto por una serie de roles y estereotipos que promueven y permiten que esta violencia siga no solo presente, sino que continúe reproduciéndose.  

En nuestro país, la realidad no es diferente a lo planteado, pues, aunque no se den prácticas tan extremas como las mencionadas, nuestra sociedad no está exenta de esta problemática. Prueba de esto son los datos de femicidios ocurridos en el Ecuador, donde de enero a julio del presente año han ocurrido 206 muertes violentas por razones de género, de los cuales 85 han sido calificadas como femicidios, traduciéndose esto en el hecho de que cada 28 horas ocurre un crimen por razón de género en nuestro país.  

Teniendo presente estos datos es oportuno reflexionar sobre ellos a la luz del planteamiento propuesto por Rita Segato1, para quien el femicidio aparece como la expresión máxima de violencia contra las mujeres, pues este representa el ejercicio de un cúmulo de violencias cuyo fin último termina por ser la muerte. 

Así para la antropóloga especialista en temas de género, el femicidio se presenta como un fenómeno que ocurre debido a que dentro de las sociedades las relaciones han sido construidas de un modo propiamente violento, dando pie así a que exista una acumulación de violencias que se practican constantemente.  

Enlazando esto último, con los modos en los que la violencia se hace presente, se puede mostrar que sí bien es cierto que las formas más explícitas de violencia son las más fáciles de identificar no se puede pasar por alto, no solo la existencia sino también la importancia precisamente de estas otras formas más sutiles, pero cotidianas, sobre las cuales se construyen las bases y el camino para que se generen y cometan crímenes de mayor gravedad. 

Mostrando esta conexión se pretende llamar la atención sobre las denominadas micro-violencias o micro-machismos, puesto que su potencial peligro no es menor. Pensemos por ejemplo en ese humor normalizado y útil para romper el hielo de cualquier conversación común, pues a todos o (al menos su mayoría) parece agradar cuando de burlarse o criticar la apariencia, situación o problemática que atraviesen las mujeres se trata, así lo preocupante de este fenómeno es que se pone práctica de modo que las experiencias que atraviesan a las mujeres son incomprendidas, tachadas de irrelevantes o directamente ignoradas. 

Esta interiorización y normalización de la mujer como objeto de señalamientos y cuestionamientos varios tiene su origen en un sistema que la ha posicionado como relegada desde sus bases históricas, lo cual repercute en que la problemática de violencia que se debe atacar en la actualidad tenga una profundidad compleja. 

Lo cual deja como resultado no solo el desconocimiento y desinterés que los individuos puedan poseer con respecto a temas de género, feminismos o búsqueda de igualdad, sino que este desinterés se esparce sobre la sociedad en general, incluyendo ahí a quienes ocupan cargos de poder o un rol clave en el desarrollo de un país. 

Una de la muestra más reciente de esto, es el modo en que fue tratado y mostrado el reciente femicidio de María Belén Bernal, en donde desde un inicio se hace evidente el machismo presente en la sociedad ecuatoriana. Este es apreciable desde el momento en que al dar aviso de que está ocurriendo una supuesta pelea, la primera respuesta recibida haya sido que “entre marido y mujer nadie se debe meter”, una frase que la mayoría hemos escuchado decir o incluso dicho. Otro ejemplo es que, durante el periodo de investigación, el castigo tanto moral (por parte de la sociedad en general) como judicial haya recaído sobre la cadete que se presume estaba relacionada extramaritalmente con Germán Cáceres, pareciendo olvidar, o al menos restando importancia a que el foco debe estar sobre él, siendo quien engañó a su esposa y que llegó a cometer femicidio, y es precisamente él quien no ha sufrido ninguna consecuencia por sus acciones. 

En relación a este mismo caso, una de las primeras medidas tomadas por el presidente Lasso al darse a conocer del crimen cometido dentro de la institución policial fue la de cambiar al director de la escuela poniendo a la cabeza a una mujer, hecho que permite dar cuenta de la poca o equivocada comprensión que existe sobre la manera propicia en la que se debe incluir la perspectiva de género.  

Pues no se trata únicamente de que existan más mujeres ocupando altos cargos o mayor número de espacios, puesto que al tratarse de un orden estructural este está interiorizado tanto por hombres como mujeres, quienes ejercerán igual violencia si es que esas son las bases sobre las que se han establecido. Es por ello que lo que se debe transformar son las lógicas sobre las que se desarrollan las actuales relaciones de poder y de violencia, para que así las mujeres puedan tener una participación real y adecuada dentro de todos los espacios que involucran a una sociedad.  

Y esto solo se puede lograr desde una concientización en materia de derechos y de equidad a las mujeres, desde una perspectiva feminista, donde sus experiencias y realidades sean valoradas y tomadas en cuenta, para que sus vidas dejen de ser parte de dolorosas estadísticas y pasen a ser sujetos activos y participantes, reconociendo su capacidad y valor dentro de la sociedad. 

Y respecto a esto el Estado, tiene el deber de dedicarse y buscar que esto ocurra, para lograrlo se necesita mayor inversión en programas y políticas públicas que contribuyan a esta problemática, así como la de capacitar a servidores públicos con una perspectiva de género integral y real, de modo que la concientización deje de ser mero discurso y se pueda evidenciar en prácticas reales y concretas. Haciendo posible así que el número de violencias a las que las mujeres debemos enfrentarnos diariamente al menos se reduzca. 

Bibliografía

1Segato, R. (7 de septiembre de 2019). Rita Segato. LM Neuquén Diario. Obtenido de https://www.youtube.com/watch?v=sU0J28QFFyk 

 

*Erika Carrión, socióloga por la Universidad Central del Ecuador. Feminista, militante por causas de género y DDHH.  

 

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