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Pánico Colectivo: Ecuador en la espiral de violencia

Por luxor2608
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Por Miguel Ángel Pérez*

Hace unos años, un virus de propagación masiva nos obligaba a encerrarnos en nuestras casas, hoy es la violencia la cual nos somete al pánico y a correr a nuestros hogares en busca de refugio. Basta con abrir el feed de cualquier red social para toparse con contenido audiovisual que muestra la situación de violencia y el poder criminal en el cual vivimos actualmente. La saturación de este contenido en nuestros dispositivos puede llegar a normalizar la violencia y atrofiar nuestra capacidad empática, permitiendo que este contexto de violencia se normalice y se perpetúe. 

El nuevo panóptico  

Era octubre del 2020, apenas nos habían dejado salir gradualmente a las calles pues la curva de contagios del covid-19 era relativamente controlable, en ese entonces escribí sobre el rol de los centinelas digitales en la visibilización y denuncia de la violación de derechos, también mencionaba sobre la posible complicidad con la que podrían operar los centinelas, pues en muchas ocasiones colaboran con la parte vulneradora o simplemente registran la escena por la atención que generarían al subirlo a sus redes sociales. En esta ocasión, quiero cuestionar una nueva dinámica de los centinelas digitales, para lo cual necesitamos traer a colación la teoría foucaultiana del panóptico, donde nos advierte sobre una sociedad disciplinaria y su capacidad para regular las conductas de la población sin ejercer una amenaza física inminente, configuradas según las necesidades del poder. En este caso, los centinelas digitales (personas con dispositivos móviles) figuran como dispositivos disciplinarios, ya que “... Cuanto más numerosos son esos observadores anónimos y pasajeros, más aumentan para el detenido el peligro de ser sorprendido y la conciencia inquieta de ser observado” (Foucault, 1975, pág. 187). Haciendo referencia al efecto de poder sobre el comportamiento, si todos poseemos la capacidad de grabar y compartir contenido, todos somos dispositivos disciplinarios que pueden vigilar y en casos específicos castigar los comportamientos de individuos que infligen las normas o en el caso de los centinelas digitales una violación de derechos.  

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No obstante, para los actuales infractores les es indiferente este efecto de poder. No podemos negar el crecimiento exponencial de la violencia y la inseguridad en los últimos años, mismas que han llegado a un punto donde la presencia de cámaras de seguridad o centinelas digitales no afectan el comportamiento de los criminales, muestra de ello es el video registrado en el centro de Guayaquil, donde a plena luz del día y a la vista de varias personas, dos sujetos someten a otro hasta hurtar todas sus pertenencias. En el video se aprecia como existen varios transeúntes que testifican el hecho y aun así los delincuentes salen caminando de la escena como si nada hubiera pasado. Esta actitud indiferente a las consecuencias de sus actos nos hace cuestionar la teoría del panóptico, si la disciplina opera a través de la observación constante y la vigilancia, ¿Por qué los infractores no se toman el trabajo de cubrir sus rostros o de hacerlo en la complicidad de la noche? Acaso ¿Ya no temen ser encarcelados (castigados) o el de ser sorprendidos en el acto por civiles y autoridades competentes?   

No quiero que se confundan estas aseveraciones con la idea punitivita de crear nuevas cárceles al estilo “Bukelista” donde los derechos humanos son pasados por alto como solución unívoca a la situación en la que vivimos actualmente. Lo que quiero problematizar es cómo los niveles de violencia han posibilitado que, los perpetradores de derechos pasen de ser los cuerpos disciplinados, a ser los dispositivos disciplinarios. La violencia criminal tiene la potestad en este momento de disciplinar el comportamiento de los ciudadanos y no viceversa cómo describiría la teoría foucaultiana. Esto se puede apreciar en cualquier video colgado en redes donde es captado un homicidio en modalidad de sicariato, para muestra de aquello, traemos a colación un video dónde los victimarios desataron una persecución en motocicleta que terminó con la vida de una persona sobre la Av. 25 de Julio, en la ciudad de Guayaquil; esta escena violenta tiene el común denominador en cuestión, el comportamiento de los transeúntes: huir y buscar refugio. 

Todo esto está provocando efectos de poder sobre el comportamiento general de las poblaciones, y una vez más, muestra de esto es la ciudad de Durán, donde su propio concejal Pablo Ayala, admite que la vida nocturna en la ciudad ha cesado y que la ciudadanía ya no sale de noche ya que “la gente se siente insegura, prefiere quedarse en su casa” a causa de los niveles de violencia que atesta la ciudad. Al parecer, el poder criminal atraviesa cárceles y calles, permeándose a la población en un ejercicio de biopolítica que regula la libre movilidad de los cuerpos en uno de los cantones más golpeados por la delincuencia.  

Tales efectos de poder encienden nuestras alarmas como veedores de derechos humanos, pues el Estado ecuatoriano tiene responsabilidad directa, no solo sobre la escalada de violencia, sino sobre la impunidad con la que actúan los perpetradores. Los centinelas digitales tienen el poder mediático sobre sus manos para denunciar escenas violentas, pero es el deber del Estado indagar sobre él y responder eficazmente sobre la denuncia que se están posteando en redes sociales. Por lo tanto, el crimen organizado puede llegar a condicionar nuestro comportamiento cuando el Estado permite que lleguen a ser dispositivos disciplinarios, pues al no brindar respuesta ante la denuncia de los centinelas digitales, se desmonta la amenaza de ser sorprendidos y encarcelados. Recordemos que la cárcel para Michael Foucault representa, más allá de castigar a los infractores, un rol de control de social, como una herramienta que garantiza el orden y el acatamiento de las leyes, lo cual como vimos, está en tela de duda por la ausencia estatal en provincias con mayores índices de violencia.   

Del miedo hasta la apatía   

Según Agud C. (2023) la información que recibimos diariamente puede incidir en nuestro estado emocional, lo cual me hace eco sobre los centinelas digitales y su rol en la difusión de escenas violentas. Siguiendo a la autora, nos advierte sobre el síndrome del mundo cruel, el cual “hace referencia al fenómeno por el cual la exposición prolongada a información y contenidos de carácter violento aumenta la sensación de hostilidad y miedo respecto al entorno.”  

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Si bien es cierto que estos postulados se basan en la teoría del cultivo, desarrollada por George Gerbner en los años setenta, donde la televisión era la principal fuente de información, en contraste con la actualidad, podemos ver la inmensa variedad de canales por los cuales los ciudadanos consumen este contenido, ya sea de forma intencionada como imperativa.    

Con esto quiero poner en cuestión el bombardeo de contenido audiovisual violento al que estamos expuestos, pues para la mañana del 9 de enero de 2024 fue común scrollear cualquier red social y toparse con una noticia de un medio oficial o la denuncia de un evento violento por parte de un centinela digital. Esta saturación de contenido puede crear el mencionado síndrome, pero lo más preocupante es la posibilidad de pasar del miedo a la apatía; dado que, si nos amurallamos en nuestros hogares por el miedo y seguimos consumiendo este tipo de contenido, terminaremos normalizando este tipo de escenas, y consecutivamente atrofiaremos nuestra capacidad de empatía aceptando la violencia en nuestro diario vivir. Al respecto me pregunto: ¿A quién le conviene que una población esté en constante miedo? Rozando la teoría del shock de Klein, una población sumida en el pánico puede pasar por alto la aplicación de políticas que vayan en contra de sus intereses. A su vez, se ahondará la indiferencia con la que la sociedad civil lidia con los problemas sociales latentes, por ende, no tendría motivación para exigir a sus gobernantes mejores condiciones de vida. En otras palabras, estamos frente a un proceso de desmovilización social que favorecería la aplicación de políticas antipopulares.
 

Entonces ¿Para dónde camina el Ecuador? 

Ecuador, en los últimos años, ha atravesado por una creciente ola de violencia, que en este año se ha intensificado a tal punto de ser el país más violento de la región, entrando así en el top 10 mundial de países con mayor índice delincuencial, y vivimos el momento cúspide de esta escalada de violencia con el asesinato del candidato presidencial Fernando Villavicencio a la salida de un mitin político en la capital, lo cual hizo eco internacional por asemejarse a la época más cruenta de nuestra vecina Colombia.  

El asesinato del presidenciable fue un mensaje directo hacia la clase política del país y a la demás sociedad civil, simbolizando el poder actual del crimen organizado, como ya lo han dicho algunos analistas, la decisión de tomar la vida de Villavicencio en la capital es decirles a los ecuatorianos, “nadie está a salvo”, esto devela su capacidad de ejercer violencia lejos de sus dominios tradicionales como son las cárceles y barrios empobrecidos. Respecto a lo primero basta con analizar las masacres carcelarias de los últimos años, y la reciente toma de rehenes en diferentes cárceles del país a razón de, las represalias del gobierno por la fuga del líder delincuencial, Adolfo Macías alias “Fito” para confirmar el poder del crimen organizado sobre los centros de rehabilitación dando cuenta así, del estado fallido en el que nos encontramos.  

En este contexto, Daniel Noboa, actual presidente electo, pretende enfrentar la problemática con un “plan innovador”, que consiste en engrosar el presupuesto de las fuerzas del orden, el sistema judicial y penitenciario con el fin de agilizar los procesos judiciales, fortalecer la infraestructura policial, descongestionar los centros de rehabilitación social y apostar por programas de reinserción social. Lo cual no posee mayor novedad, sin mencionar sus intenciones por construir nuevas cárceles de “máxima seguridad”. La mayoría de estas propuestas son pendientes de administraciones pasadas y no formulan un programa contra el problema medular: el empobrecimiento de las poblaciones y el abandono estatal en territorios urbano-marginales.   

Ecuador en una encrucijada

Por otro lado, las organizaciones de la sociedad civil aportan con investigación para poder dar luces sobre la situación crítica de violencia, los resultados de estos trabajos investigativos desde territorio muestran el cómo operan las bandas y someten a poblaciones enteras, estas publicaciones concluyen a los NNA (Niñas, Niños y Adolescentes) como los principales afectados, pues sus proyectos de vida son atravesados a la fuerza por el tráfico de drogas, explotación sexual y sicariato. Los actuales y los próximos gobernantes deben cambiar el enfoque con el cual están tratando esta problemática, y poner atención a los hallazgos de estas investigaciones, teniendo en cuenta a las juventudes de los barrios empobrecidos como el blanco de las bandas criminales, los cuales son forzados a delinquir e ingresar a las bandas criminales por la alta demanda de “soldados” que, actualmente necesitan para defender los territorios de las demás bandas que se disputan el control de las calles, como son el expendio de estupefacientes y los procesos de extorsión a locales comerciales.  

Esta guerra entre bandas criminales por el territorio es tal vez, la clave para salir de esta espiral de violencia, puesto que el crimen organizado ha existido desde la construcción de las grandes ciudades, es necesario pensar este problema social dejando de lado ideas irreales como la erradicación del crimen organizado y el consumo de estupefacientes. Es necesario plantear proyectos que miren objetivamente la realidad social y debiliten el poder actual de las mafias sin causar represalias como lo que vivimos ahora, como la regulación de sustancias sujetas a fiscalización o acciones afirmativas para estas poblaciones en específico en el ámbito familiar, social y educativo. A grandes rasgos el Ecuador de no tomar las medidas adecuadas, podría acrecentar la desigualdad y, en su defecto, encrudecer la violencia, tanto criminal como estatal, pues al normalizar la violencia por parte de una sociedad desmovilizada, la misma se presta para la violación u omisión de derechos, haciendo imposible salir de este ciclo continuo de violencia multidimensional.    

Agud, C. (2023). Síndrome del mundo cruel. Cristina Agud Psicología. https://www.salud.mapfre.es/cuerpo-y-mente/psicologia/sindrome-mundo-cruel/ 

Foucault, M. (1975). Vigilar y Castigar. Siglo Veintiuno Editores.
https://www.ivanillich.org.mx/Foucault-Castigar.pdf 

 

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*Miguel Ángel Pérez:  
Investigador social y Activista por los derechos humanos, Sociólogo de profesión y máster en Marketing Digital con intereses en las nuevas dinámicas digitales y su injerencia en la realidad social. Actualmente miembro del equipo Inredh en el área de fortalecimiento organizativo.

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